A veces temo que mis palabras sean como hechizos que van a
encadenarme a una serie de hechos desgraciados. En ocasiones, en medio de una conversación, al pronunciar alguna frase concreta, pienso que voy a ser
maldecida por vocalizar tales vocablos. Odio la idea de que alguien pueda echarte un
mal de ojo y todavía duele más cuando se trata de una misma quien lanza ráfagas
de mala suerte. Parecen inocentes juegos mentales, como apostas adolescentes “¿a
qué no te atreves a decirle a esa chica que te gusta?”. Mi cerebro me reta del
mismo modo: o pronuncio ciertas palabras o seré condenada a un
espiral de dolor.
Considero que mi mente es una traidora. Me hace sentir muy
desgraciada cuando se empeña en hacer que las cosas sean de una manera tan
rígida. Esa constricción representa un yugo en mi cuello. Ojalá mi ser interior
fuera más dulce y amable. Que se dejara llevar un poquito más. Sólo pido que
repose en la creencia que todo lo que va a suceder es favorable y que el mundo
no está lleno desgracias esperando estrangularme. Mi propio Edén sería una
existencia que no estuviera llena de amenazas. Poder vivir plácidamente, desarrollando
mis proyectos con absoluto gozo. Ya estoy harta de chantajes. Amenazas. Broncas.
Miedo. Tensión. Necesito vivirme con serenidad.
Igual es que tengo un trauma con eso de las maldiciones. He
crecido rodeada de potenciales peligros: si se te cruza un gato negro- ¡Asústate!
A saber lo que te va a pasar. Y si se te rompe un espejo ¡ya la has liado! No
se te quita la mala suerte en siete años por lo menos. El día a día de mi
infancia estaba lleno de riesgos que se podían apoderar de tu alegría en
cualquier momento. El bienestar se dejaba en manos del azar y el destino estaba
plagado de agujeros negros en los que podías caer de un momento a otro.
Recuerdo una tarde oscura de noviembre cuando, andando por
la calle, se me cruzó una gitana de esas que leen el destino en la palma de la
mano. Yo no debía tener más de doce años. Me cogió desprevenida. Me agarró la
mano y me empezó a decir que tendría un marido y dos hijos. De repente chilló y
dijo que veía el infortunio: una mujer mala me robaría mi hombre. Me miró a los
ojos y me advirtió que anduviera con cuidado. Entonces paró la palma de su mano
esperando una remuneración por su trabajo. No creía justo pagarle por algo que
no había pedido, así que me fui y no le di nada. Lo que mi inocencia no
esperaba es que empezara a perseguirme lanzándome todo tipo de sortilegios que
dirigían la desdicha a mi vida. No estaba preparada para combatir
emocionalmente esa serie de improperios maldiciéndome. Era ingenua, por lo que
una agresión así me marcó. Lo peor fue que esa mujer frecuentaba la zona y la
encontraba a menudo. Unas veces vendía ajos morados en una bolsita y si no los
comprabas te inoculaba su mala fe. Otras veces, pedía dinero y cuando pasabas
de largo su furia te dejaba seco. Por lo que aprendí a andar por las calles encogida,
temiendo la fatalidad presente en cualquier rincón.
Ese conjunto de experiencias sentó un precedente. Me marcó
de tal forma que cada vez que no cumplía con las expectativas de mi interlocutor
esperaba una serie de malos presagios en mi existencia. Dejé de llevar las
riendas de mi vida para estar sujeta a los deseos ajenos. Quería complacer a
todos para que me lanzaran mucho amor y prosperidad en lugar de todas las
desgracias habidas y por haber.
Quería pedir ayuda, pero no osaba tan siquiera admitir la
gran superstición que había permitido habitar en mí. Una mañana de sábado,
suturada por la paralización y la angustia, decidí dirigirme a la biblioteca con la
esperanza de encontrar algún libro de autoayuda que hablara del tema. Mi
decepción fue enorme cuando no hallé ningún volumen con un título cercano a “como
vencer la superstición”. Me tuve que contentar con un tomo muy manoseado que
llamó mi atención por la cubierta al estilo de manual de brujería. Tal vez la
mejor manera de combatir la mala suerte sería siendo capaz gestionarla y jugar con
ella a mi gusto.
Pero el libro no iba exactamente sobre brujería, era una recopilación
de los aprendizajes de un señor americano en cuanto al uso del lenguaje.
Relataba como algunas palabras mágicas habían conseguido cambiar la estructura
de su cerebro. Empezó felicitándose más a menudo e invocando, así, la
prosperidad en su vida. También aprendió a alabar más los logros de los otros.
A agradecer lo que tenía. A celebrar lo que le gustaba. A seleccionar donde dejaba reposar su atención
y dejó de perder el tiempo luchando contra lo que temía. Me pareció una buena
estrategia.
Capitanear mi mente de manera que lograra lo que más me
apetecía. Convencerme de que podía escoger el guion que quería interpretar. Elegir que mi historia fuera un relato de pasión y alegría -los thrillers psicológicos
no me van y las fábulas de terror y desgracia aún menos-. Llenar de semillas el
espacio para ver florecer mi propio Edén. Abastecerme de lo que me hace feliz: árboles,
colores, arte, aromas y sabores.
La realidad fue
tomando otra forma, desaparecieron los tormentos para dar lugar a la confianza.
Dicen que nos da miedo aquello que no conocemos. De manera que empecé a
explorarme, a reflexionar sobre lo que pretendía, a atender mis necesidades. Llegué
a vislumbrar como ese tono amenazador que había tomado mi mente no era nada más
que mi cerebro tratando de comunicar conmigo. Quería ser atendido y, ante mi costumbre
de ocuparme solo de las emergencias, había ideado la mejor estrategia para ser
escuchado: generar problemas para llamar mi atención. El mismo mecanismo que
utilizan los niños cuando desean ser mirados: saltarse las normas para al menos
así recibir la reprimenda del adulto.
Tecleo este
relato para sacar a pasear a mi mente y contemplar lo que tiene que decirme. Hago
silencio y la escucho, siempre me sorprende. Voy tirando el hilo de los
pensamientos y el lugar donde me llevan siempre es la cruz del mapa. El sitio
donde hay el tesoro escondido: el origen de mis miedos, el lugar donde habitan
las sombras que me acechan para que pueda abrazarlas, conciliarme con ellas e
integrarlas en mi puzle personal. Una letra se junta con otra y todas ellas se
unen para dar sentido a lo que experimento. El enigma se resuelve dejando
espacio para que la danza de palabras recomponga el significado y la belleza
reine de nuevo.

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