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Nuestro verdadero hogar


 Ayer por la noche cuando ponía los niños en la cama tuve un lapsus linguae, o todavía más gráfico un “slip of the tongue” del inglés -literalmente un resbalón de lengua- muy simbólico. Cuando le daba el beso a la pequeña me dijo que tenía sed. En mi mesilla de noche tenía un vaso de agua y le respondí “pues ven a mi jaula a beber un poco”. Mi cerebro concibe las habitaciones como jaulas. Me impactó. El hogar como un espacio que nos priva de libertad. No como un lugar confortante que nos proporciona seguridad sino como un elemento de limitación. El cual nos corta las alas y nos impide disfrutar de la belleza del exterior.

Ayer mismo, unas horas antes de este incidente verbal, escribía sobre el deseo de aventura, de descubrimientos, de emociones e intensidad. La vida salvaje transcurre fuera del hogar. Lo que más nos emociona y está en continuo cambio palpita más allá de las paredes de nuestras fortalezas. El libre albedrio de despliega en campo abierto. Aquello capaz de transformarnos nunca puede estar encerrado entre paredes.

Todo lo que soy está destinado a mezclarse con los elementos que habitan el medio donde existo. El encierro es una artificialidad para la que mi genética no está configurada. Los muros ahogan el fuego del deseo. Asfixian el esplendor de mis ramas. Impiden que sea quien realmente soy. Mutilan mi identidad. Pedazo de carne palpitante. Pura naturaleza. Esencia silvestre.

Transcurrir las horas encerrados entre paredes afecta nuestra forma de pensar. Las estructuras mentales se asemejan a las estructuras pisadas. Pasillos, laberintos, habitaciones sin salida reflejan ideas estrechas, cortas, que no llevan a ningún lugar. Espacios pequeños, artificiales, oscuros. Pensamientos limitados, alienados, sin luz. Deficiencia de oxígeno, colores, diversidad. Generan enranciamiento mental, falta de creatividad, patrones fijos. Los lugares donde nuestros pies concurren influyen en la forma de nuestras ideas. Paisajes abiertos, riqueza de estímulos, vida en plena ebullición. Pensar inmenso, vital y fértil. Sonidos, olores, el infinito delante de nuestros ojos. Nuevas perspectivas, conceptos originales, la imaginación en pleno rendimiento.

Los lugares habitados modelan nuestro pensamiento. Tomamos la forma del receptáculo que nos contiene. Las paredes doman nuestro cerebro. Le susurran día tras día que hay límites, que no puede ir más allá, que su expansión no se puede desarrollar. Los muros nos reprimen, nos hacen creen que somos tan pequeños, inertes e impotentes como el receptáculo que nos envuelve. Mas no estamos hechos de hormigón, ladrillos y cristal. Estamos tan vivos como la naturaleza que alborota a nuestro alrededor.

El paisaje que recorremos nunca es el mismo- está en continua transformación. Unos días nos envuelve la niebla, el sol o enormes rachas de viento. El movimiento es inherente a la naturaleza donde pertenecemos. Se desarrolla en un ciclo de renovación perenne el que la evolución es la única constante. Los bosques se auto construyen. Si visitamos un bosque quemado al cabo de unos años, vemos que reverdece. Los ecosistemas se limpian por sí mismos. Nadie barre las hojas, estas se degradan hasta convertirse en nutrientes que absorben las raíces. En el hogar todo es inmutable. Estático. Fijo. Cada día las paredes son del mismo color. No observamos los detalles del transcurrir de las estaciones. No gozamos de la mejora continua en que los lugares vivos están inmersos. Nuestra casa tiende a la destrucción, al caos, a la suciedad. No se renueva por si sola, no se limpia automáticamente, va rumbo directo al envejecimiento voraz.

Si queremos ver el reflejo de la vitalidad, pureza y renacimiento en nuestro hogar tenemos que invertir con nuestro esfuerzo. El orden o el desorden de nuestros habitáculos dependen de nosotros. Está en nuestras manos lo que nos vamos a encontrar en las habitaciones donde circulamos. No nos van a sorprender. No hay mecanismos que provoquen nuestro asombro. Nuestra curiosidad no encuentra alimento en nuestra sala de estar. La responsabilidad de la renovación de nuestros habitáculos pesa sobre nuestros hombros. Por el contrario, más allá de la puerta de nuestro hogar todo está fuera de nuestro control. Cuando paseamos por el campo, no podemos hacer más que fluir y dejarnos llevar. La naturaleza tiene su ritmo y no lo podemos modificar. No hay posible intervención. Nuestra mente puede reposar, solo tenemos que navegar. Sin tener que hacer nada, nuestro cuerpo se acompasa con la cadencia del entorno. Volvemos de nuestra caminata con otro estado anímico. El compás del paisaje recorrido influye en el de nuestra biología. La meteorología invoca una forma de existir en nuestro organismo. El espacio que nos envuelve dicta unas pautas de comportamiento en nuestras vísceras. Conectar con nuestro ecosistema nos proporciona una brújula que nos orienta.

De hecho, somos seres que se alimentan de energías renovables. Nuestras baterías son solares, eólicas e hidráulicas. Se cargan con la atmósfera. Cuando salimos, las pilas que nos permiten existir se llenan de los elementos que nos rodean. No resucitamos con la electricidad, el carbón o el petróleo. Todo lo que mantiene nuestro hogar con vida no funciona en nuestros cuerpos. No aceptamos energías fósiles porqué no pertenecemos al mundo inanimado donde creemos pertenecer. Nuestro organismo es parte de la vida en continua transformación. Nuestro verdadero hogar es la vida bulliciosa que late en todas partes.

Necesitamos pertenecer a algo más grande que nosotros. El significado de nuestras vidas nace gracias a la conexión con un todo superior que nos incluye y nos trasvasa su poder. Este algo mayor no es un edificio ni un bloque de pisos. Se trata de una realidad viva de la que todos formamos parte y que también fluye por nuestras venas. Componer el rompecabezas y entender nuestro origen, nuestro fin y nuestro verdadero hogar nos permite florecer con toda nuestra plenitud.

Aquello que somos pertenece a un hogar mucho más amplio que al que nos hemos acostumbrado a creer. Nos identificamos con nuestro domicilio, es nuestro lugar de referencia y emparejamos lo que somos con los límites físicos donde habitamos. Pero nuestro ser es algo mucho más ancho que los muros que decoramos. Nuestra identidad sobrepasa cualquier construcción de ladrillos y se expande en el infinito horizonte. Tenemos litros de océano, partículas de astros y arena de los desiertos en nuestro interior. Nuestra verdadera existencia está dotada de todos los componentes de este universo y no acepta ser clausurada en bloques estancos de hormigón.

 Tal es el peso de la huella del ambiente en nuestro cerebro y en nuestra manera de ser que, como explica Rebecca Solnit citando un estudio sobre las lenguas indígenas, “la gran diversidad ecológica de California favoreció la diversidad lingüística. Los mapas confirman esta teoría, ya que en las zonas con más especies animales y vegetales también hay más lenguas.” Las características del entorno que habitamos se ven reflejadas en nuestro lenguaje. Un ecosistema rico y variado moldea nuestra manera de pensar y expresarnos, otorgándole recursos y esplendor. En consecuencia, vivir encerrados en habitáculos sin salida al exterior, implica un empobrecimiento de nuestro potencial lingüístico. El escenario donde nos exponemos marca quien somos, nuestra forma de pensar y de comportarnos.

Nuestra alma esta tejida con las fibras de la eternidad. Por eso no puede ser encerrada bajo las paredes de ningún hogar. Ni limitada por las constricciones de ninguna creencia. Su destino es ser libre y avanzar fluidamente hasta su sublime desarrollo. Necesita el esplendor y la abundancia del espacio ilimitado para ver su grandeza reflejada como si de un espejo se tratara.  Nuestro ser encuentra cobijo y se nutre del misterio que reside bajo las piedras, detrás de las hojas y en el oleaje marino.

El hogar ha dejado de ser el escondite con el que defendernos de las amenazas externas. Fuera hay un universo generoso listo para abastecernos de experiencias, aprendizajes y sensaciones. Los confines de nuestro domicilio ya no son el opuesto al mundo abierto, un lugar en el que atrincherarnos y coartar nuestras propias libertades. En la actualidad, nuestra casa sólo tiene sentido como una continuación de la naturaleza exuberante. Un cambio de dimensión urge en la concepción la vivienda, convirtiéndose en una prolongación de la vida palpitante. Nuestras moradas ya no son cárceles en las que castrar nuestro libre albedrío, sino espacios donde la vida es celebrada. Lo interno y lo externo convergen para fundar una nueva realidad: un taller creativo donde lo más sublime y sorprendente aún está por nacer.

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